Wang Shu en palabras de Alejandro Aravena.

Wang Shu en palabras de Alejandro Aravena.

Escrito por  Sábado, 24 Noviembre 2018 18:34

La extraordinaria arquitectura de Wang Shu puede ser consecuencia de su capacidad de combinar talento e inteligencia. Esta combinación le permite producir una obra maestra cuando el encargo requiere un monumento, pero también le permite producir una arquitectura cuidadosa y contenida cuando un monumento no viene al caso. La intensidad de su trabajo puede deberse a su relativa juventud, pero la precisión y propiedad de sus operaciones habla al mismo tiempo de una gran madurez.

Consideremos el Museo Histórico de Ningbo por ejemplo: es de una potencia que merece sin duda alguna ser llamado una obra maestra. Uno no visita el edificio; uno es “golpeado” por el edificio. Recuerdo haber sentido algo así pocas veces en la vida, como cuando visité el Parlamento de Kahn en Bangladesh o su Instituto Indio de Administración en Ahmedabad. Ser “golpeado” por un edificio pasa rara vez en arquitectura porque ese tipo de experiencia pertenece más bien al campo de la música o el cine, donde la experiencia de una obra puede emocionar al punto de modificar el estado de ánimo en un sentido profundamente positivo. Lamentablemente nada de esto puede ser transmitido por las fotografías.

Luego está el uso distintivo que hace de materiales de descarte que provienen de otras construcciones. Esa técnica no sólo tiene sentido en términos de sustentabilidad, sino que introduce una cierta “historia” en la construcción al darle al muro una especie de “sobredosis de tiempo” sin tener que esperar al envejecimiento. Además transforma cada parte del edificio en un evento único e irrepetible porque cada cm2 es distinto al otro. Esta variación dentro de la unidad, no sólo tiene un valor estético, sino que permite absorber los errores de construcción que una mano de obra no calificada puede producir en un volumen de gran tamaño. Idealismo y pragmatismo se sintetizan así en una única operación.

Sobre esta técnica constructiva, el dijo que estaba recuperando una tradición que estaba desapareciendo, la cual consistía en usar materiales sobrantes de desastres naturales como terremotos o tifones, colocando ladrillos, tejas o piedras, capa sobre capa para reparar una grieta o cubrir un hoyo. El “sólo” llevó el sistema a una escala distinta, a la escala de todo el edificio. La importancia de recuperar esta técnica es pragmática, histórica y cultural. Él dijo que creía que la arquitectura era un trabajo colaborativo. Al emplear gente que dominaba un saber que él no tenía, se establecía un diálogo creativo durante la construcción, un proceso de aprendizaje y enseñanza mutua al cual cada uno contribuía con su propio conocimiento: el, en cuanto arquitecto del proyecto, les proponía a los trabajadores cosas que ellos no sabían, pero cuando iba a la obra, los trabajadores le enseñaban cosas que él no sabía.

Esto lleva al debate sobre el control creativo de la obra. El dijo que estaba buscando la precisión del sentimiento más que la perfección de la construcción; que él creía que el edificio tenía un sentimiento preciso. Esto es algo que hay que concederle porque si hay algo meridianamente claro en su trabajo, es su capacidad de producir una obra potente, que opera incluso a nivel de las emociones.

Por otra parte, está la Academia de Artes de Hangzhou, en la cual se debían construir unas cuantas decenas de edificios, desde pabellones hasta dormitorios, desde salas de clases hasta edificios administrativos, todos en un plazo relativamente corto. La pregunta era aquí por la capacidad de producir el tejido medio de la ciudad. Wang Shu fue capaz de escapar al riesgo de la monotonía que un encargo de esta escala podría haber generado, sin sobreactuar innecesariamente cada pieza; logró equilibrar la individualidad de cada elemento con la capacidad de pertenecer a un conjunto. Al mismo tiempo fue capaz de evitar la eventual mediocridad y disolución de la calidad que puede ocurrir en un proyecto tan masivo, por medio de introducir en la totalidad de la operación una cierta contención. Finalmente es evidente que fue capaz de entender que a esta escala, no se trata sólo de los edificios sino también del espacio entre ellos. La vitalidad del complejo, inundado de vida estudiantil, es la prueba inequívoca del éxito y propiedad de la estrategia adoptada.

Todo esto hace que su trabajo sea a la vez alentador e inquietante. La condición extraordinaria de su arquitectura fue alcanzada usando materiales ordinarios universalmente disponibles, con mano de obra poco calificada, trabajando con presupuestos ajustados, casi poco tiempo para construir y para proyectar y con una oficina pequeña. La mayoría de los arquitectos del mundo debe encontrar éstas condiciones familiares y similares a sus propias circunstancias. En ese sentido es alentador porque hace pensar que cada uno también podría hacerlo; ofrece una especie de esperanza y optimismo para todos los arquitectos que también deben producir un entorno construido de calidad trabajando en medio y condiciones adversas. Pero esto mismo hace su trabajo inquietante, porque edificios extraordinarios fueron hechos con medios ordinarios. En esta dualidad yace el potencial de transformarse en un referente, porque para que ello ocurra, se necesita alguien suficientemente cercano para que la gente se pueda identificar con él, pero a la vez alguien suficientemente lejano para que represente un desafío. Wang Shu es un ejemplo notable que muestra que para hacer la diferencia, lo que se necesita es formular la pregunta de manera correcta, entender e integrar las restricciones de un problema (y no sólo reclamar de ellas) y elegir las operaciones apropiadas para trascender las dificultades. La belleza de todo esto, es que el lo hace aparecer algo fácil sencillo, con la naturalidad propia de la gran arquitectura.

La arquitectura de Wang Shu ha sido capaz de sintetizar además el debate entre lo local y lo global. Ha logrado probar que ellos no tiene por qué ser términos excluyentes. Sus obras están fuertemente enraizadas en su contexto cultural, económico, ambiental y estético; y sin embargo es capaz de producir una obra de alcance universal. Sobre su relación con el lugar, el dijo que su aproximación consistía en prestar una atención cuidadosa al contexto, a las circunstancias y restricciones. En ese sentido, el empleo de una cierta técnica constructiva está íntimamente ligado a lo local. Si el tuviera que trabajar en otro lugar, el destinaría un tiempo para entender esas condiciones del nuevo lugar y poder así proponer una estrategia ad-hoc. Esto revela que su aproximación está lejos de ser nostálgica o romántica, sino es más bien pragmática y sensible. Y como consecuencia de ello, su arquitectura es pertinente, viene al caso.

Lo mismo ocurre respecto de la historia; su trabajo está fuertemente enraizado en la tradición, sea ésta la de los constructores o la de las personas que habitarán sus proyectos. Y sin embargo, al mismo tiempo, es capaz de producir no sólo edificios extraordinariamente contemporáneos, sino que, como toda gran arquitectura es capaz de trascender hacia un cierto nivel de atemporalidad.

Sobre Alejandro Aravena

Nace en Chile en 1967, abre su oficina luego de graduarse como arquitecto de la Pontificia Universidad Católica de Santiago en 1992. Ha desarrollado su trabajo principalmente en el área institucional y edificios públicos, como las Torres Siamesas, las escuelas de Medicina, Arquitectura y Matemáticas de la Universidad Católica, y el nuevo edificio de residencias y comedor para la St Edward’s University en Austin, Texas.

Es uno de los fundadores y actualmente Director Ejecutivo de Elemental, un “Do Tank” que opera sobre proyectos de vivienda social, espacios públicos, infraestructura y transport. Elemental es apoyado por la Universidad Católica y Copec.

Aravena ha sido profesor visitante de la Graduate School of Design de Harvard, y es el profesor de la cátedra Elemental de la Universidad Católica.

Artículo publicado en archdaily.mx

el invidente zurdo

No confianza, no placer, dudas, melancolía y nostalgia, lo que la mayoría de los humano es, yo soy. El que cree en todo y en nada, la aburrición del alma, de la mente y la vida. Nací en medio de unos que son masa, yo he crecido así, fusionando mis mentiras con la verdad que desnuda, pero pendejo no soy, ya que uso la máscara, la que cargan toda las mujeres, todos los hombres: los depredadores natos de la naturaleza.