Miércoles, 09 Enero 2019 20:00

Brevario (muy breve) de Mortadelo Y Filemón.

el invidente zurdo Escrito por  en Historieta
Brevario (muy breve) de Mortadelo Y Filemón.

Ok. Me pidieron hacer una reseña de la historieta, para cubrir espacio en la referida sección, dedicada a ello, de inmediato me vinieron a la mente golpes de dopamina y adrenalina, por el loco entusiasmo que siempre le he tenido a esa forma de expresión artística. Pero de la misma forma llegaron las dudas existenciales y plañideras, ¿Entonces es relleno lo que presente? ¿Sólo es para cubrir una necesidad editorial y de patrocinio? ¿Por dónde empiezo? Igual, ¿por dónde termino? A todo esto, ¿qué es una historieta como tal?

En ese mar de dudas y celebración, subrayando lo segundo, andaba n festejo por ser otro ineludible aniversario de espacio – tiempo de mi desperdigada vida. Le he dado vueltas al asunto y trate de enfocarme a la realización moderna de la historieta del siglo XX; sabiendo que tiene visos un poco más lejanos. También estaba consiente que la mayor parte de la historieta, la que conocemos en esta parte del mundo, es occidental con marcada influencia anglosajona y gala (eso desde mi humilde perspectiva). México tiene su gran historia, bases tan fuertes como el Chango Cabral (a buen orgullo paisano mío); y podemos mencionar a muchos más, incluyendo a la mismísima Vargas Dulché o a los venerables Rius y Gabriel Vargas.

Pero debo reconocer y esto me puede llevar, a quienes lean este artículo (mis dos acérrimos fanáticos y para de contar), a que me tilden de malinchista, ignorante (y sí), culero, no tener madre y mierda como ninguna, el que manifieste un ridículo intento de ensayo con una sola obra, obviamente de mi gusto personal, placer culpable e influencia de lectura: Mortadelo y Filemón.

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Nunca fui muy ducho, se nota verdad, pero debo reconocer que la obra de Paco Ibáñez me enseñó a leer cuadros, de argumentos cortos y repetitivos, parecido (disculpen la arrogancia e ignorancia, así como la pobreza mental) a las emisiones del Chapulín Colorado o películas del Santo, el enmascarado de plata (hay que escribirlo todo, por honor a él y por el mentado copyright). Personajes dicharacheros y fáciles de leer, de entender sus intenciones y reflexiones.

No se trata de hacer una apología o estudio a profundidad del mismo, porque el mensaje primario de todas estas artes modernas es la de entretener y después pensar. Hablando propiamente de las historietas o comics como popularmente se les conoce, ese es mi posicionamiento, puede que no sea el tuyo pero así tiene que ser en esa primera instancia; lógicamente, si logras entretejer una historia más profunda que te mueva y revuelva las entrañas que mejor, y superior si desempolvas, quitas la telarañas y activas las neuronas. Pero insisto, lo primero es divertir, crear necesidad de estimulamiento, algo así como una necesaria droga.

Hace algún tiempo mencionaba en una reseña, que los trazos no son importantes si no logran conmover, ya sea para la risa, tristeza o ensoñación. La imaginación debe ser dotada de ese material y con ello estimulas a otros para hacer el atrevimiento de ideas, perspectivas, opiniones y declaraciones. La simpleza es válida e Ibáñez cumple con ello, dicho con todo respeto y alabanza. Él no es aburrido, al contrario, te lleva a la risa, iniciando con cosas básicas para después vestirlas con ironía y sarcasmo. Teniendo guiños a la pomposa, peligrosa guerra fría, con la descarada y burlona cargada de lado capitalista. Para más, la agencia para la que trabajan nuestros héroes, Mortadelo y Filemón, se hace llamar la T. I. A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea), ¿es necesario preguntar a quien se refiere?

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Esta historieta tiene 60 años, nació, como muchas de ellas, en presentaciones esporádicas de otras ediciones ya consolidadas, en éste caso, Pulgarcito, en el lejano 1958. Así le ha pasado a Mafalda, Asterix, Superman o Spider Man, por citar algunas de conocimiento masivo. Esa perduración tiene muchos motivos, desde la inocencia con la que nació, el estar al día con los acontecimientos reales y significativos del orden mundial, el uso de los gags más efectivos, por ordinarios que parezcan y aunque suene contradictorio, la frescura con la que se desenvuelven.

He ahí mis motivos, me dieron grandes ratos de esparcimiento en mis viajes a la gran Tenochtitlán, abriéndome perspectivas distintas y a la vez tan parecidas a lo que aquí sucedía: larga dictadura, problemas de corrupción, favoritismos, protestas inhibidas al gran garrote, amenazas veladas y cumplidas, captación del arte y el ingenio del creador a la orden del sistema, etc. Para bien, para mal, en esa asquerosa palabra, el sincretismo es más que evidente, palpable hasta la tragada con o sin albur. Es por eso que las distracciones de esta índole llenaban una infancia ordinaria pero con motivos para tener una sonrisa un tanto cuanto diferente.

Esa creación monera ha tenido sus respectivas celebraciones, donde, como buenas recopilaciones, se atascan de presentaciones. La más obligada es la de los origenes, incluyendo al susodicho creador, que se rie de sí mismo como una obligación de anfitrión (eso ya lo he visto con Quino, Peyo y compañía). Estos cumplimientos no se quedan en la biografía, también entran a cuadro los demás hermanos, que, aunque no cumplan con la misma cuota de descarga de cagada y risas, son necesarias para entender el estilo de quien los procreó.

Es así como me hice de uno de esos tomos, escondido en las céntricas calles de la única Puebla de este país y sin temor a equivocarme, del continente mismo. En una intima librería, hallé ese ejemplar, que volvió a abrir ese cuarto ojo (innecesario albur) y tiró la reja de la memoria, para enseñarme que la historieta, por muy sencilla que parezca, tiene vitalidad y en la modernidad, ha hallado un mejor campo de distribución, más accesible, más limpio y descarado.

Mortadelo y Filemón es una obra de arte, porque las manifestaciones así deben considerarse y de una vez aclaro, no es que el arte en sí sea fácil y todos podamos manifestarnos con él. Pero si debe ser abierto, con los pinches errores y defectos (pleonasmo por favor) por consecuencia natural de adquisición y correspondencia humana. Quizás los tiempos no cambien (peligrosa redención), pero si deben acoplarse a las inquietudes afectivas de las generaciones imperantes, pero no como una amorfa masa complaciente, más bien debe ser tiro autodestructivo.

Pero no caigamos en el agujero del Chicomoztoc, porque salir de esas 7 cuevas no es tan fácil como se escribe. Más bien declaremos una admiración a esa parte de la historieta y a la misma como tal, por llenarnos de fugas de lo trascendente intrascendente. Por elevarnos a otras dimensiones que sólo pueden ser abiertas con la mente. Digamos que no es la historia de la historieta, más bien es la presentación de una partícula bien establecida, que sirve de ejemplo lo que debe ser una creación de alguien común, pero en la práctica no era su intención (el ser común), más bien trataba de crear una catarsis de los tiempos en que vivió y sintió…

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