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Viernes, 30 Septiembre 2016 16:14

La leyenda de un postre poblano, el Camote

Puebla es grande en muchos sentidos, llena de magia y muchos, pero muchos sabores...

Pasemos a tocar al camote, su leyenda, una buena historia, que tiene más interés que cualquier telenovela de México, en ella se tienen pequeños trazos y trozos de verdades o mentiras, como los Panamá Papers. Lo bello de todo esto, es que se tiene ese encanto melancólico y nostálgico de la historia. Pero aclaramos, hablamos del postre, ese que se vende hasta en las carreteras y casetas de cuota, ya ni hablar de las tiendas especializadas y las terminales de autobuses, donde abundan los dulces en cajados.

En la época de la Colonia, era estar horas y horas en la cocina, y más si se trataba de esas gigantes, espaciosas y hermosas cocinas conventuales, donde las hermanas de Cristo, se dedicaban con todo sudor y esfuerzo, a darle duro a la joda de preparar los sagrados alimentos de todas las habitantes de esas micro ciudades. Es así como el camote, tiene su alumbramiento en una de esas habitaciones:

Como todo buen invento que se precie, nace de un descuido y una jugarreta: una monja dejo una cazuela en el fuego, para preparar un platillo, dejando que se calentara, aprovecha ese tiempo para buscar los otros ingredientes, con ello se distrae del fogón; y nunca falta una hermana que esté  aburrida y en una maldad, decide hacerle una broma. La ocurrencia le lleva a colocar dentro del cazo, camote molido con azúcar, y no basto sólo eso, también  lo batió, hasta que quedo una mezcolanza de apariencia nefasta. Al regresar la cocinera, se dio cuenta que emanaba un olor que no era desagradable, y al acercarse la bromista, entre las dos probaron la combinación y se percataron que no tenía un mal sabor, al contrario, estaba  delicioso y para darle más textura, le fueron agregando otros ingredientes, lo que reforzó el sabor y le dio otro giro a una nueva receta, recién inventada, de manera involuntaria.

Un aporte más de Puebla, al recetario nacional, lo que llena de orgullo a todos los habitantes de la Angelópolis…

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Autor

el invidente zurdo

No confianza, no placer, dudas, melancolía y nostalgia, lo que la mayoría de los humano es, yo soy. El que cree en todo y en nada, la aburrición del alma, de la mente y la vida. Nací en medio de unos que son masa, yo he crecido así, fusionando mis mentiras con la verdad que desnuda, pero pendejo no soy, ya que uso la máscara, la que cargan toda las mujeres, todos los hombres: los depredadores natos de la naturaleza.